Difícil describirla.
Una mamá entusiasta, incansable. Hija dedicada, hermana amorosa, esposa.
Entrega. Eso es lo que ella, de todas las formas creativas, concedía. Con una gracia y naturalidad como si cualquier cosa. Y, con seguridad, eso es lo que quienes la conocieron recuerdan de ella.
Pero en mí… en mí imprimió algo distinto.
Algo fuerte, intangible.
Algo que yo respiraba de ella sin saberlo.
Su risa abierta, entre lo alegre y lo sagaz. Esa forma de moverse entre lo cotidiano y lo simple… pero nada en ella fue frugal. Cada acción, cada gesto, llevaba la intención de crear, compartir.
Aquella pulsera de concha de carey me la regaló la tarde en que, por algún motivo, me llevaron a la clínica a que me inyectaran. Pero yo pateé y relinché sin tregua y me salí con la mía. Mi mamá bien supo entonces cómo solucionar tan trompicada situación: mi tía Sofía. Con ella podría haber saltado al precipicio con los ojos cerrados.
Tras inyectarme sin yo poner la mínima resistencia, colocó en mi brazo aquella pulsera que yo veía, incrédula, brillar con sus colores grisáceos y platinos.
Confianza, siempre fue confianza lo que, con su risa y su proceder, llenaba el espacio.
Y aquí va a hablar mi ego pero no un ego nublado por vanidad, sino de cariño :
Siempre hubo complicidad en su mirada. Ese orgullo con el que me veía. La dulzura de su voz al decir mi nombre. La confianza que tuvo en mí desde antes de que yo tuviera uso de razón.
Estuvo conmigo en cada metamorfosis de mi vida y no han sido pocas.
En ocasiones, en los momentos más oscuros, le dije en silencio:
“Qué bueno que no estás aquí para verme así. Sé que esto no es lo que me enseñaste.”
Arrepentimientos, solo uno: no haber pausado para escuchar su voz cuando tomé algunas decisiones. Su voz era lo único congruente y contundente con mi voluntad, pero yo he tenido mis propias rebeldías y la ignoré.
El día en que nació mis primera hija, Xally al entregarmela, con una serena sonrisa, llena de orgullo, se la mostré. Cuánto deseaba que la sostuviera en sus brazos. Pero ella se había ido cuando yo tenía catorce años.
Si Sabina tiene razón y “no hay nostalgía peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió.” Eso es sin duda el que no haya conocido a Ixshel, a Emilio. Estaría tan orgullosa de los tres, tanto!
Hoy soy feliz de haberla conocido. Y aún más de saberme entre sus tesoros más preciados. De ello, estoy segura.
Su rostro redondete, tan blanco, con cejas negras espesas, de entre donde se asomaba el brillo sonriente de sus ojos. Sus galletas alemanas de Navidad. Los banquetes que brindaba a familia y amigos como si no le tomara el menor esfuerzo. Bandejas del horno. Charolas de cariño en forma de comida.
Todo en ella parecía perfecto. Pero para mí, habitaba en ella algo mas, algo que yo intuía. Una vida paralela en los confines de sus anhelos, la de vibrar por las calles de la Andorra que me platicó, de San Marino, de la Italia, la de su asombro ante las inmaculadas túnicas rojas de la Roya Guard de Buckingham y sus inmutables rostros, como se reía de ellos.
Habitaba la irreverencia de la mujer que pudiendo escuchar a Pavarotti obsequió el boleto para irse a caminar por las calles de Paris de donde me dijo, la simetria de sus calles le pareció insoportable.
Ella tan real, tan sin miedo, tan dispuesta y por lo que todos quedaban encantados, complacidos por ser tan perfecta, por recibir todo aquello que de ella necesitaban.
Para mi, fue Ella, tan de aquellas cosas que tantos pasan por alto… pero que está ahí, para quienes realmente la quieren ver.
Entre todo su legado, me regaló mis primeras novelas, a mis doce años. Eso si, se aseguró que algunos de esos libros fueran en Inglés, de ella aprendí también que esa sería mi segunda lengua.
Y con esas páginas me perdí irremediablemente en el mundo de la justicia, del estoicismo, entre guerras civiles y esclavitud.
De la voluntad humana que, aún en esas condiciones, prevalece. Emerge de entre la desolación, lo injusto, lo violento y la tragedia.
Me fasciné con la vanidad de Amy, que aun al caer, caía parada. Con la entereza de Meg y su lealtad a sus hermanas.
Con la tranquilidad y certidumbre que la escueta y serena sonrisa de la Sra. March sembraba en sus hijas, aún cuando todo era incierto.
Todas, entre largas tertulias, unidas en las carencias, buscando vívidamente su propio sentido, tejían el estampado de sus sueños, su futuro.
Pero yo, en realidad, me encontré ahí. En la buhardilla de Jo.
En la agonía de la vela que alumbraba su tintero, el que ella vaciaba con pasión, con esa impotencia que da la adrenalina de querer vivirlo todo y aún no poder.
Con ese entender de la esencia humana, ese que se adelanta a su edad.
Ese que se debatía entre las cándidas expectativas de sus padres y hermanas, pero replicaba con vehemencia: cobrarse su vida a su modo, en sus términos.
Sus caminatas por el campo con Laurie —incipiente soñador—, reían, divagaban entre la prudencia y el valor. Construyeron su propio mundo: el mundo de las letras, de la realidad contada desde otro lugar.
Eventualmente él sucumbió al espejismo del amor perenne, el de pertenecer y permanecer. Y no al único amor que Jo podía darle: el de la libertad.
El amor de Jo fue su tintero, su pluma.
Ese lugar donde la libertad no se pide: se toma, se asume, se ejerce, se es.
No. No me perdí.
Me encontré.
Gracias, Sofía.
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